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La arquitectura del poder en una República no se agota en la división de funciones entre los tres órganos del Estado. Existe un cuarto pilar, invisible en los textos constitucionales pero omnipresente en la dinámica democrática: el escrutinio público a través de la prensa independiente. Cuando los mecanismos de acceso físico y documental a la sede del Poder Ejecutivo se alteran bajo criterios de discrecionalidad, lo que se pone en juego no es el privilegio de un grupo de profesionales, sino el derecho de la ciudadanía a conocer, sin filtros oficiales, el pulso diario de quienes administran la cosa pública.

La reciente decisión de restringir el acceso de periodistas acreditados a la Casa Rosada y la reconfiguración —cuando no el cierre operativo— de la Sala de Periodistas constituye un hecho de una gravedad institucional que trasciende la anécdota gremial. Desde el retorno a la democracia en 1983, la Argentina ha sostenido, con matices y tensiones propias de cada gestión, un consenso básico: el palacio de Gobierno es un ámbito de gestión pública y, como tal, debe estar abierto a la mirada inquisitiva de los medios. Quebrar esta tradición bajo el argumento de una modernización comunicacional o una supuesta optimización de espacios es, en el mejor de los casos, un error de lectura histórica y, en el peor, un intento deliberado de asfixiar la fiscalización en tiempo real.

El argumento que suele emanar de los despachos oficiales contemporáneos sostiene que la intermediación periodística es un resabio del siglo XX. Se intenta imponer la idea de que la comunicación directa a través de redes sociales o transmisiones unidireccionales es suficiente para informar a la población. Sin embargo, este paradigma elude una diferencia conceptual fundamental: la propaganda se emite, el periodismo se pregunta. Una cuenta de X o un video editado por equipos de comunicación gubernamental no pueden reemplazar la capacidad de un cronista de interpelar a un funcionario en un pasillo, de observar quién entra y quién sale de una oficina clave o de verificar el clima de una negociación política en el mismo lugar donde ocurre.

La presencia física en la Casa Rosada otorga al periodismo una función de testimonio presencial que ninguna tecnología puede suplantar. La observación directa es el antídoto contra el relato construido en laboratorios de marketing político. Al vedar el ingreso o limitar las acreditaciones bajo criterios que no son claros ni transparentes, el Estado incurre en una forma de censura indirecta. No se prohíbe hablar, pero se restringe la materia prima del discurso periodístico: el acceso a la fuente y al lugar de los hechos.

Desde una perspectiva de derecho comparado, las democracias más robustas del mundo protegen estos espacios con celo. Tanto en el Ala Oeste de la Casa Blanca como en el Palacio de la Moncloa, la sala de prensa es un territorio sagrado de interacción, a menudo incómoda pero necesaria, entre el poder y la sociedad. La incomodidad que un periodista pueda generar en un gobernante es, precisamente, el indicador de que la democracia está funcionando. Cuando el poder se siente demasiado cómodo, cuando no hay nadie que pregunte fuera de libreto, la salud republicana entra en una zona de riesgo.

Asimismo, la discrecionalidad en la entrega o revocación de credenciales introduce un sesgo de selección peligroso. Si el Estado tiene la potestad unilateral de decidir quién es periodista y quién no, o qué medio es "digno" de cubrir la sede gubernamental, se está arrogando una facultad de arbitraje que colisiona con la libertad de expresión. La acreditación debe ser un proceso administrativo transparente y universal para todos los medios que cumplan requisitos técnicos básicos, nunca un premio a la obsecuencia o un castigo a la crítica.

Esta medida no puede verse como un hecho aislado, sino como parte de una tendencia global hacia el "iliberalismo", donde líderes elegidos democráticamente utilizan las herramientas del Estado para erosionar los contrapesos que los controlan. En un contexto de crisis económica y social, la transparencia no es un lujo, es una necesidad imperiosa para garantizar la legitimidad de las decisiones oficiales. El secretismo y el aislamiento solo alimentan la desconfianza y la fragmentación social.

La Casa Rosada pertenece a los argentinos, no a la administración de turno. Cerrar sus puertas a la prensa es colocar un velo sobre la gestión de lo público. Es imperativo que se restablezcan las condiciones de trabajo para los cronistas acreditados y que se respete la integridad de los espacios destinados a la labor periodística. La República necesita más luz, no más candados. El control ciudadano, ejercido a través de un periodismo libre y con acceso irrestricto a las sedes del poder, es la única garantía de que el ejercicio del gobierno no se transforme en un ejercicio de arbitrariedad.

Autor: admin